Mi vida como una amante en la sombra.

A todo honor. Felipe Trigo

A la siguiente noche volvió el joven ingeniero al Casino y vio nuevamente al que jugaba miles de pesetas, sonriendo, y al otro que pelaba las bellotas. Sólo que éste, siempre con religiosa atención, pelaba las bellotas viendo jugar, de pie, junto a la mesa de la banca. El calvo de las venas gordas las tenía más hinchadas que otras veces.
Luis fue a la Plazuela. Le daba prisa un afán: el de encontrar el recreo de la cantante. Y respiró, en cuanto dobló la esquina del convento. El balcón estaba entreabierto, como anoche, y sonando el piano.
La delicia hacíale olvidarse de fumar. Unos ratos paseaba, otros se paraba -siempre cerca de la verja. La dama, la niña, la rubia, la soltera… ¡lo que fuese! cantaba con bríos y sutilezas desgarradas de pasión que volaban temblando por la noche y por el alma lo mismo que espadas de cristal… lo mismo que puñales encendidos…
Si esta mujer tenía por hábito distraerse a estas horas de tal modo, él, el aburrido forastero, estaba salvado plenamente. Vendría a oírla, basta las once, hasta las doce.